El contacto con la fragilidad, la vulnerabilidad y la necesidad de depender de otros puede ser la peor pesadilla para quienes tienden a verse todopoderosos y para quienes no han sido apoyados y sostenidos afectivamente y tuvieron que construir armaduras para auto-sostenerse. En ambos casos, generalmente las personas ya no saben pedir a los demás. Para otros no es tan evidente, pero el sólo contacto con la idea de vulnerabilidad, les provoca una autocrítica sutil pero muy severa, un ruidito en la cabeza que dice: “soy débil…soy tonto…soy nada”.
Toda vida en el planeta requiere del oxígeno, del sol, toda vida depende del equilibrio de la ecología del sitio en el que se desarrolla y todo mamífero sobrevive gracias al atento cuidado y sostén dedicado en los primeros tiempos del nacimiento. Los seres humanos necesitamos del sostén de otros durante muchísimo tiempo, a la vez que de las enseñanzas de otros que saben más, necesitamos atención médica, vínculos de amistad, recursos compartidos y un millón de cosas más.
De todo nos puede pasar en esta vida y en cualquier momento pero si no reconocemos este hecho, nos veremos obligados a imaginar que tenemos que ser omnipotentes. Y luego: ¿Qué otra cosa podríamos decirnos a nosotros mismos cuando nos vemos en nuestras fragilidades desde la imagen de la omnipotencia? Puede hablar una voz sutil y despectiva que nos diga en el oído que somos unos pobres “debiluchos”. En la comparación que hacemos con esta imagen falsa que nos devuelve este espejo, nuestro propio espejo, corremos el riesgo de vernos como personas insignificantes que merecernos incluso nuestro propio desprecio.
